domingo, 13 de diciembre de 2020

Carrucel.

 No es el fin del mundo, ni tampoco el final de mis días, pero duele como si lo fuera.

Estamos jugando un juego tan humillante y doloroso. A ver quién se doblega primero, quien cae primero, y yo estoy a sus pies desde el día 1.

Que me roba el aliento, y me lo da también, que me da motivo para salir de la cama y, a su vez, es el culpable de internarme en ella.

Es tan responsable de elevarme a las nubes, como de hundirme en el pozo de las peores miserias.

Ni siquiera sé dónde estoy parada, o que papel juego yo en su vida.

Y aún a pesar de todo, mi corazón sigue terco y con el amor como estandarte. No quiere dejarlo ir. Sino que, por el contrario, se aferra con todas sus fuerzas.

No parece importarle las heridas, no parece marearse en las idas y vueltas, no se asusta fácil sino que se levanta y da pelea. A veces no sé si esta es una batalla con algún fin, si vale la pena pelearla. Pero voy a vista ciega, sin vacilar.

Mi razón me dejó hace rato, armó sus bolsos y se marchó. Y aunque su eco entre mis paredes me aconseje darme por vencida y alejarme, no tiene el suficiente peso para llevarme a tomar esa decisión.

De tanto veneno, me terminó gustando su sabor.
Cada quien toma el vicio que más le parece, y elige su propia muerte. Tal parece que, yo ya escogí la mía.

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